En su interior sueñan con dejar de lado la pobreza que los ahoga, desean conseguir dinero para calmar el hambre y dejar de sentir ese olor de las calles y el frío que adormece sus cuerpos al caer la noche. (Parafraseando a un joven de la institución Marcelino. Visita hecha en el año 2001). Las condiciones precarias son el mayor incentivo para caer en manos de las proxenetas y los jíbaros. Son personas morbosas, capaces de negociar con la dignidad de los pequeños, hacer transacciones, encontrar clientes y beneficiarse económicamente. Las proxenetas se encargan de prostituir a los niños por todas las esquinas de la ciudad. No hay un barrio ni una esquina fija. La Olla es un barrio donde se trafica con armas, estupefacientes y con el cuerpo de los niños. Pero también en sectores populares como Agua blanca se puede acceder rápidamente a los servicios de un menor. En los semáforos de nuestra ciudad por ejemplo “se estima que existe un lucrativo negocio que mueve mensualmente cerca de dos mil millones de pesos por implorar la caridad pública y realizar la venta de diversos productos como dulces, frutas y otras mercancías, detrás de las cuales existen redes de comercialización, que por su ubicación, son más rentables.
Es cierto que Cali se transforma cuando cae la noche. Donde se venden chocolates y caramelos se trafica al mismo tiempo con sexo. Para quienes saben sobre las bondades de la noche no lo desconocen.
Los jíbaros por su parte aceptan cualquier tipo de objeto, no hay preguntas solo entrega del dinero. Y en la conciencia de los niños tampoco hay remordimiento porque 500 pesos significa un día más de vida. Ellos se marchan y acaban de tener sexo con un desconocido o entregar un celular robado pero sus vidas siguen y el sentido de la niñez se desvanece…ignoran que la infancia es la etapa de mayor goce.
